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Como cada año estamos deseando que llegue Halloween, una fiesta para disfrazarse, divertirse y por qué no, decorar la casa a lo grande. Pero… ¿Y si la decoración de Halloween la convertimos en un must que al final no queramos ni quitar durante el resto del año?

Hace poco os traíamos una de nuestras colecciones más esperadas. Cuadros famosos de museos, obras únicas de artistas de todos los tiempos que ya no sólo tienen porqué estar en las galerías de arte. En esta ocasión nos queremos centrar en un artista, y además un artista español.

Francisco de Goya, pintor y grabador español que abarcó gran variedad de estilos. En este caso nos centramos en su época más oscura, y la última. Sus pinturas negras (1819-1823), es el nombre que recibe una serie de catorce obras murales, pintadas con la técnica de óleo al secco (sobre paredes recubiertas de yeso). Las creó como decoración de los muros de su casa, la famosa Quinta del Sordo. Estos murales fueron trasladados a lienzo a partir de 1874, y actualmente se conservan en el Museo del Prado de Madrid.

Aunque estas pinturas concretamente no son de esta época, ya se va viendo a lo que finalmente desembocará en su época oscura.

EL AQUELARRE (1798)

El lienzo muestra un ritual de aquelarre, presidido por el Gran macho cabrío, una de las formas que toma el demonio, en el centro de la composición. A su alrededor aparecen brujas ancianas y jóvenes que le dan niños con los que, según la superstición de la época, se alimentaba. En el cielo, de noche, brilla la luna y se ven animales nocturnos volando (que podrían ser murciélagos).

La escena pertenece a la estética de «lo sublime terrible», caracterizada por la preceptiva artística de la época también en el prerromanticismo literario y musical y que tiene su paralelo en el Sturm und Drang alemán. Se trataba de provocar un desasosiego en el espectador con el carácter de pesadilla. En este cuadro y en la serie a la que pertenece se acentúan los tonos oscuros, y es por ello que la ambientación se sitúa en un paisaje nocturno. En el momento de la ejecución de esta serie, Goya se encuentra trabajando en Los caprichos con los cuales guarda una estrecha relación.

VUELVO DE BRUJAS (1797)

Tres personajes, vestidos con faldas, con el torso desnudo y tocados con capirotes en forma de mitra, decorados con pequeñas serpientes, e iluminados por un foco de luz exterior al cuadro, sostienen en el aire a otro hombre, este desnudo, abandonado en sus brazos, al que insuflan aire soplando sobre su cuerpo, como revelan sus hinchadas mejillas. En la parte baja, dos hombres, vestidos de agricultores, han logrado la cumbre de la montaña, el camino tortuoso y ascendiente se pierde en la oscuridad del fondo, mientras su asno se ha parado más abajo. Uno, caído en tierra, se tapa las orejas para no escuchar el ruido de los seres voladores; el otro, avanza con el cabo cubierto, protegiéndose de la luz y haciendo la higa con sus dedos, contra el mal de ojo.

El cuadro se ha sometido a radiografía y reflectografía de rayos infrarrojos lo cual ha servido para demostrar que Goya realizó un cambio importante en la composición: la figura que ahora anda de frente, cubierta por una manta blanca, originalmente se situaba de espaldas, marcha atrás por el camino por el cual había subido, buscando el asno, que se ve más abajo, y que era un símbolo de la Ignorancia usado por Goya también en otras obras.

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